Dogma de las Ánimas del Purgatorio

“Salvo que elijamos libremente amarle, no podemos estar unidos con Dios. Pero no podemos amar a Dios si pecamos gravemente contra Él, contra nuestro prójimo o contra nosotros mismos: “Quien no ama permanece en la muerte. Todo el que aborrece a su hermano es un asesino; y sabéis que ningún asesino tiene vida eterna permanente en él” (1 Jn 3, 15). Nuestro Señor nos advierte que estaremos separados de Él, si omitimos socorrer a las necesidades graves de los pobres y de los pequeños que son sus hermanos (cf. Mt 25, 31-46). Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra infierno“.

Las ánimas son almas perdidas que están condenadas al fuego del infierno debido a algún rastro de pecado que quede inmerso en ellas, siendo esto motivo de su no entrada hacia la Gloria Eterna. Para ello tienen que purificarse a través de los rezos, las llamas o simplemente la aceptación de los errores a través del Supremo, salvando ese estado transitorio que no les deja encontrar la Paz. Desde el año 1014, las almas del purgatorio es un Dogma de Fe, que fue ratificado en tres concilios muy importantes: en el de Lyon (siglo XIII), en el de Florencia (siglo XV)  y en el de Trento (siglo XVI).

Puesto que la Verdad afirma en el Evangelio que si alguien blasfema contra el Espíritu Santo este pecado no se le perdonará ni en este siglo ni en el otro, por donde se nos da a entender que ciertas faltas se perdonan en el tiempo presente, y otras en la otra vida. Puesto que el apóstol [Pablo] declara también que la obra de cada uno cualquiera que sea, será probada por el fuego y que si arde, el obrero sufrirá su pérdida pero él mismo se salvará como por el fuego. Puesto que los mismos griegos según se dice, creen y profesan verdaderamente y sin vacilación que las almas de los que mueren habiendo recibido la penitencia pero sin haber tenido tiempo para su cumplimiento o que fallecen sin pecado mortal pero culpables de pecados veniales o de faltas ligeras se purgan después de la muerte y pueden recibir ayuda de los sufragios de la Iglesia. Nosotros, considerando que los griegos afirman no encontrar entre sus doctores ningún nombre propio y cierto para designar el lugar de esta purgación y que, por otra parte, de acuerdo con las tradiciones y las autoridades de los Santos Padres este nombre es el purgatorio, queremos que en el futuro esta expresión sea recibida igualmente por ellos”. Carta escrita por el Papa Inocencio IV en 1254, aprobando la definición de la palabra “purgatorio”.

Además, si habiendo hecho penitencia verdaderamente murieran en la caridad de Dios antes de haber satisfecho con frutos dignos de penitencia por los pecados de comisión y de omisión, sus almas después de la muerte son purificadas con penas purgatorias; y para ser libradas de estas penas, les aprovechan los sufragios de los fieles vivos”. Definición otorgada en el Concilio de Florencia, en 1439, con respecto a este tema.

Habiendo enseñado la Iglesia católica en los sagrados concilios y recentísimamente en este sínodo ecuménico, adoctrinada del Espíritu Santo por las Sagradas Escrituras y por la antigua tradición de los padres, que hay purgatorio y que las almas retenidas allí son ayudadas por los sufragios de los fieles pero sobre todo, por el sacrificio del altar digno de ser aceptado, el Santo Sínodo manda a los obispos que procuren diligentemente que la sana doctrina del purgatorio transmitida por los santos padres y los sagrados concilios sea creída por los fieles cristianos, mantenida, practicada y enseñada en todas partes”. Decreto del Concilio de Trento en el que se apoya la afirmación del purgatorio.