Nuestra Señora Madre de Dios en sus Tristezas

La Virgen de las Tristezas es la titular mariana de la corporación de San Lorenzo, siendo adquirida en un anticuario de la localidad sevillana de Écija en el siglo XX. Se trata de una imagen con estética totalmente dolorosa, con las manos unidas en actitud de oración, y de su rostro penden lágrimas haciendo alusión a su advocación y sentimiento. Es una talla que está atribuida al imaginero antequerano Antonio del Castillo, del siglo XVII y que muestra la estética relacionada con la escuela granadina, debido a su policromía y facciones. La vestimenta tan peculiar de nuestra titular mariana está extraída de un retrato en el que aparece la hija de los reyes católicos, Juana I de Castilla, más conocida como Juana “La Loca”, en el momento del fallecimiento de su esposo Felipe I de Castilla. De esta forma se ensalza ese luto tan riguroso que la princesa llevó en este momento tan delicado y que nos pone directamente en relación con el sufrimiento de las Madre de Dios ante la muerte de su hijo.

 

Los ángeles siempre han sido los grandes acompañantes en el papel evangelizador en la vida de Jesús y su Madre. En el caso de María, es reivindicada como reina de todos los ángeles, ya que acompañaron a la Madre de Dios en momentos tan importantes como su gloriosa asunción a los cielos o en el anuncio de la venida de su Hijo. Hay un ámbito, como es el de las hermandades, donde iconográficamente aparecen nuestros protagonistas, siendo fieles compañeros de la Virgen María. Y en concreto, uno de los pasos procesionales que más relacionado está con estos seres celestiales es el de Nuestra Señora Madre de Dios en sus Tristezas, el cual se encuentra rematado por una corona en su baldaquino, totalmente flaqueada en sus esquinas por distintos ángeles, haciendo una clara alusión a su nombramiento como Reina de los Ángeles. Aunque hay que tener claro, que la titular mariana de la Hermandad de Ánimas también quiere mostrarnos una segunda lectura referida tanto a la advocación principal de la hermandad, como al requerimiento de sus ideas fundacionales: ser siempre un camino para aquellas almas perdidas que buscan la luz eterna.

 

En este sentido, si comenzamos por las esquinas de los respiraderos del paso, aparecen los cuatro arcángeles principales, que cada uno tiene una lectura distinta y a la vez en común. En primer lugar, nos encontramos con el Arcángel San Gabriel, el mensajero de las bienaventuranzas de Dios. Su nombre significa “hombre” referido esto a su anuncio de la venida de Jesucristo, aunque también es denominado como “el que está delante de Dios”. En la mayoría de casos actúa como anunciador del comienzo de la era mesiánica al dar la buena nueva de los nacimientos tanto de Jesucristo como de Juan el Bautista. Su representación iconográfica principalmente es portando una vara de azucenas, símbolo de la pureza del alumbramiento de María. Pero en este caso, en nuestro paso procesional nos hace alusión a la importancia que tiene la Madre de Dios como clara intercesora en las almas perdidas, ya que Gabriel siempre se encuentra directamente relacionado con la positividad de las encomendaciones hechas a María, pues sin su fuerza, no sería posible reconducir nuestro camino tras dejar la vida terrenal.

 

Por otro lado, tenemos al que es sin duda uno de los personajes mayormente relacionado con las almas del purgatorio, estamos hablando del Arcángel San Miguel. Es el denominado “príncipe” de los ángeles, el que es “Quien como Dios”, apareciendo en la lucha contra el mal durante el Juicio Final; y a su vez es el intercesor celestial y protector de los cristianos. Se sabe que a través de un escrito apócrifo titulado Visio Pauli, a Miguel se le ha visto como un “Psicopompos”, es decir, el que conduce a las almas hacia el cielo, del que es guardián. Sin embargo, como “Praepositus paradisi”, viene a refererirse a él como jefe del paraíso, Miguel decide si un alma entra o no en el cielo. Por eso, en más de una ocasión se le ha venido representando como pesador de las ánimas. Iconográficamente viste armadura, como alusión a su función de guerrero celestial, venciendo a un dragón que representa el mal. Por tanto, aquí, este príncipe de los ángeles es el jefe supremo de las almas que están perdidas, eligiendo su destino final.

 

Otro de los arcángeles protagonistas que aparecen en este baldaquino es San Rafael, figura muy importante, no sólo por su historia con nuestra ciudad de Córdoba como protector incondicional de la misma, ya que tal y como su nombre indica “Medicina de Dios”, es considerado sanador de almas. Es uno de los siete ángeles que llevan a Dios las oraciones de los devotos; también se le considera como uno de los cuatro arcángeles del juicio a los hombres. Es destacable, como a través de la tradición bíblica a Rafael se le alaba como predicador de la llegada del Mesías y a su vez como protector de las almas de los difuntos. Sus atributos principales son el bastón de peregrino, un niño de la mano, referido al joven Tobías, y un pez. Es a partir del siglo VI d. C. cuando Rafael desempeña el papel de asistente celestial junto al trono de Jesús y María, por lo que estamos ante uno de los ángeles que conduce a las almas hacia la protección divina.

 

El cuarto y último arcángel que aparece reflejado en el baldaquino de la Virgen de las Tristezas es San Uriel, uno de los ángeles con más ámbito espiritual de la corte celestial. Su nombre significa “luz o fuego de Dios” por tanto, ya nos pone en relación con ese carácter cósmico que tiene. Siempre ha sido considerado el jefe de las luces celestiales y señor del cosmos y los infiernos, en donde vigila a los ángeles caídos. No es un ángel que aparezca nombrado en la propia Biblia, pero si tenemos que hablar de su aparición en el Zohar, Libro del Resplandor, una obra principal de la cabalística, en donde es denominado como el guardián de todos los sacrificios ofrecidos a Dios. Dentro de los evangelios apócrifos sí nos encontramos con su nombre, ya que es el que conduce a los muertos ante el Juicio Final, urgiendo así su penitencia. En la iconografía cristiana es mostrado principalmente portando una espada de fuego en sus manos. De esta manera, Uriel reconduce toda la positividad posible a las almas, haciéndolas llevar consigo bienestar por llegar hasta el Altísimo.

 

Finalmente, este peculiar paso es coronado por cuatro ángeles en su remate, que en este caso son anunciadores de la figura propia de María, en su advocación de las Tristezas, viniendo a considerar y alabar que Nuestra Señora Madre de Dios en sus Tristezas en una clara intercesora de las almas del purgatorio, siendo ayudada por esa corte celestial que permite llevar paz, y sobre todo luz a esas ánimas perdidas que no son capaces de llegar hasta la Gloria Eterna, y en consecuencia, cuando se observe este baldaquino, no solo podemos mirarlo como una obra de arte relacionado con la hermandad de Ánimas, sino también como un mensaje de esperanza y salvación a través de la Madre de Dios, que es la que de manera incondicional se encuentra en el camino de los cristianos cuando están perdidos, tomando como ayudantes a los enviados celestiales de Dios, reconduciendo así nuestro espíritu en momentos de dificultad. En conclusión, María es ese apoyo ante la desesperación y por supuesto, ante la tristeza de nuestra alma.